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02-04-2009
Un camino hacia la cotidianidad de Alejandro Otero
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Como parte de una reveladora conversación, el diseñador Gil Otero brinda un inédito perfil humano de su padre, el maestro abstraccionista Alejandro Otero, que la revista Siembra se complace en publicar y donde se vislumbran detalles de su obra, su valores de vida y su vida de familia junto a la artista plástica Mercedes Pardo e hijos.
Francisco Machalskys

A través de la rehabilitación de su imponente Abra Solar y la apertura al público de una muy completa retrospectiva de su obra –presente en nuestras salas expositivas cerca de tres meses- PDVSA La Estancia brinda un merecido homenaje al Maestro plástico Alejandro Otero, reconocido universalmente por sus aportes al movimiento abstraccionista.

Tal reconocimiento emprendido por el brazo social y cultural de la industria energética – al que ha dado continuidad con la rehabilitación de la pieza Los Cerritos, realizada por Otero junto a su esposa, Mercedes Pardo- ha sido posible en grandísima parte a la invalorable colaboración de Gil Otero, su hijo, poseedor de planos, fotos y notas relativas a sus obras que han brindado la memoria histórica necesaria para la feliz concreción de ambos proyectos. Hablábamos sobre aspectos técnicos de la obra Los Cerritos; de pronto, la conversación dio un giro inesperado: cálidas remembranzas y recuerdos de niñez tomaron forma; de tal suerte, las palabras fluyeron en el ameno diálogo que reproducimos a continuación.


En el marco de la rehabilitación que PDVSA La Estancia aplica en la actualidad a la obra escultórica Los Cerritos, ¿puedes darnos detalles desconocidos de la misma, alguna interpretación personal de sus creadores, o sea, de tus padres?
Bueno, no mucho más de lo conocido. Que se hizo como parte del espectáculo de luz y sonido “Imagen de Caracas” en su Cuatricentenario, hace 41 años, organizado por Jacobo Borges y Mario Robles, entre otros artistas además de Papá; eso fue en la llamada Zona Feérica de Caracas, donde hoy se alza Parque Central . De esa época recuerdo muy poco, yo tenía 15 años. Lo que sí puedo decirte es que ese evento tenía por objeto llevar el museo a la calle, y se dio esa gran oportunidad. De hecho, fue ahí que Papá dio forma al concepto de “Escultura a Escala Cívica”.

Recuerdo que hicieron un gran equipo de personas; de arquitectos, ingenieros y otros ortistas, y se reunieron a trabajar en ese proyecto. De ahí surgió la primera escultura de papá con aspas como elemento, que es la Integral Vibrante. También surgió el Rotor, que hay uno en el IVIC y otro en el MBA.

Lo bonito de esa pieza fue el trabajo conjunto, de los dos. Papá (Alejandro Otero) diseñó toda la parte estructural de la obra y un poco el funcionamiento, la parte tridimensional, digamos, mientras que Mamá (Mercedes Pardo) hizo toda la policromía. Incluso hay varias policromías de la obra, yo tengo unos planos viejos donde la misma estructura llevaba color; después decidieron hacer toda la estructura uniforme y agregarle las veletas.


¿Y cómo fueron aquellos días cuando Otero completaba la obra, qué recuerdas de entonces?
(piensa, ríe suavemente con nostalgia) Era muy emocionante. El montaje de las piezas, la inauguración de las primeras esculturas. Recuerdo que ellos dos tenían su taller arriba del edificio de Cars, en Las Tres Gracias. Se llamaba PADSA Promociones Artísticas y Diseño S.A. Ahí trabajaban Papá, Mamá, arquitectos, ingenieros y otros artistas… todo un grupo de gente interesante que se reunió para crear. Y la mayoría de las esculturas era de Papá. Allí se creo la Noria –que desapareció- la escultura de la CANTV que ahora está en Los Cortijos, había también una escultura de agua, la Integral Vibrante, mejor conocida como el Cubo de Sidor…

Con la Integral Vibrante pasó algo muy curioso porque, después de terminarla, Papá pasó varios años bloqueado. Se trancó. Y, por fin, unos cinco o seis años después, empezó a trabajar con las esculturas tipo Abra Solar y vivió una especie de explosión creativa, y recuerdo que para todos en casa fue un motivo de gran alegría.


Aparte de Los Cerritos, ¿Alejandro Otero y Mercedes Pardo unieron su talento en otras creaciones conjuntas?
Recuerdo que trabajaron mucho en escenografías teatrales; me viene a la mente Fuenteovejuna, cuyos decorados montaron entre los dos. También hicieron en conjunto las fachadas de los edificios del Banco Obrero, dándole color a las nuevas urbanizaciones de casitas y pequeños bloques que surgieron a la postre; por ese trabajo les otorgaron un importante premio de arquitectura. Recuerdo que una vez intervinieron los bloques del 23 de Enero y los que están al frente del aeropuerto de Maiquetía, también unos que están en El Valle. En eso estuvieron un año.

¿Y tus padres no les robaban –a ti y tus hermanos- ideas, les preguntaban qué opinas de esto, y así? ¿O eran, por el contrario, celosos con su trabajo?
No vale, para nada, todo lo contrario. Otra cosa que recuerdo es que recibieron juntos el Premio de las Artes del Fuego por un hermoso trabajo de esmalte hecho en París, Francia. Yo me coleaba en el taller, y hasta hice tres esmaltes de una serie que, al regreso, se expuso en Venezuela, obteniendo este galardón que ya hice mención. Puedo decirte como dato gracioso que, hoy en día, no hay forma de identificar cuáles creó Papá y cuáles Mamá (risas), ellos les hicieron unas marcas muy ligeras pero el tiempo se encargó de borrarlas.


¿Quedan aún en Caracas obras de gran formato de Mercedes Pardo?
(piensa) Hummmm… no. Sé que hay una obra en un Centro Comercial de Valencia. Es un techo. Esa creación es contemporánea con Los Cerritos… (piensa un poco, recuerda con alegría) Chico, pero cómo me iba olvidar… ¡claro que hay una obra de Mamá en Caracas! Está en la estación de Metro La Hoyada y es el gran vitral que ahí se encuentra…

Y cuando ellos se encontraban creando, ¿tenían alguna forma de conectarse con la inspiración, algún ritual, quizás?
No, no. Recuerdo de pequeño que cada uno tenía su espacio de trabajo, ubicados en las alas opuestas de la casa. Ahí se sumergían por horas, y uno no los interrumpía. Pero sí se “visitaban”: uno llamaba al otro para que viera lo que estaba creando, y así. En parís, por ejemplo, Mamá trabajó arduamente en una serie llamada signe, basada en los signos zodiacales; Esas ilustraciones compusieron un libro de poemas homónimo, Signes, de Guillermo Pardo de Legonier y Carlos Cruz Diez, quien además se encargó de todo el diseño y concepto gráfico. Eran huellas de objetos como arandelas, tornillos, clips, e iba dándoles forma en el papel con tinta de imprenta y rodillo. Esa técnica la creó ella, y operaba como un grabado pero al revés.

¿Otero y Pardo no les abrumaban a la hora de hacer trabajos de Artística en el liceo, exigiéndoles, no sé, pequeñas obras de arte?
(risas) No, no, para nada. Me pasó eso con los profesores. Yo estudié bachillerato en el Liceo Francisco de Miranda de Los Teques, y allí había estudiado mi hermano mayor, así que el profesor de Artes sabía quién era yo y me exigía bastante, al punto que a veces deseaba escabullirme de la clases (risas) y me decía “epa, chamo, adónde vas tú”…

¿Y tenían Otero y Pardo alguna obra favorita, una que dijeran “esta es mía y no va a salir de la casa”…?
Bueno… Papá tenía la particularidad de que tomaba un tema y lo agotaba; por eso es que su obra es tan cambiante, y al mismo tiempo uniforme, porque se puede ver todo el desarrollo del problema que se planteaba, y en cada uno de esos ciclos surgía alguna creación con la que se encariñaba. El cubo, recuerdo que fue muy importante para él, que constituye la Integral Vibrante; en los coloritmos, en los ortogonales. Mamá, por su parte, solía dejar en casa las obras que le gustaban. También pasaba que uno se quedaba con una obra del otro, y la defendía con celo; en casa había un coloritmo que Mamá decía que era suyo, y estaba el cuadro verde hecho por mi Mamá, que a Papá le encantaba. Y así cada cual coleccionaba al otro.

¿Y cuáles obras de Otero y Pardo te gustan más?
Me encantan los montajes tridimensionales de Papá; en general todos me gustan. De Mamá me gustan muchos sus cuadros de etapa colorista, hechos en acrílico, sobre todo porque en esa época colaboré mucho con ella, le hacía los bastidores, participaba de vez en cuando.

¿Otero y Pardo no llevaban su propuesta de color y luz a su vida cotidiana, no sé, en la forma de vestir, en la decoración de la casa…?
Fíjate que las casas en las que vivimos fueron siempre blancas; el color lo daban los cuadros. Eso lo heredamos todos los hijos, pues nuestras casas son blancas y complementamos con la decoración.

Y aparte de su labor artística, ¿Mercedes Pardo dedicaba parte de su tiempo a actividades más domésticas, como el jardín, algo así?
Mamá cocinaba divinamente. Se inclinaba mucho por la cocina francesa; quizás sea por eso que no tenía un plato favorito como tal, porque la sazón caraqueña está muy emparentada con la gala, es muy continental, si se quiere; de hecho mi abuela era a su vez una gran cocinera. Mamá investigaba mucho, era una gran lectora…

…y los obligaba a leer, me imagino…
No. La casa era un espacio muy particular, donde cada quien tenía libertad de desarrollarse en el campo que más le interesaba hacer. Claro, Mamá y Papá se preocupaban por encaminar nuestras tendencias; por ejemplo, Mercedes (Otero, presidenta de Fundapatrimonio) es músico, a Carolina le gustaba la pintura, Alejandro se fue por la medicina, y yo (Gil Otero) me dediqué al diseño y un poco a la escultura. Así, cada uno participó de alguna manera en el trabajo de Mamá y Papá; yo trabajé bastante con los dos, en especial con Papá…

Aparte de esas intervenciones puntuales de ustedes en las obras de Otero y Pardo, ¿recuerdas alguna persona que colaborara con ellos?
Claro, me viene a la mente Pedro Ruiz. Él era latonero, pintaba carros. Le decían Picasso. Era español. Vivía en Parque Central, dos pisos debajo del apartamento de Papá. Lo conoció en un momento que necesitaba de alguien para pintar los tablones; Pedro era célebre en Caracas, sobre todo por los patoteros (risas) para que les pintara las motos, y también por los millonarios, porque él le pintaba los carros antiguos; tanto así, que los dueños de Rolls Royce ponían sus autos en sus manos. Lo cómico es que estos coleccionistas invertían un dineral en llevar su carros a Inglaterra cada 10, 15 años para hacerle mantenimiento –porque los Rolls Royce tenían garantía de por vida- y cuando le decían para renovar la pintura, respondían “no, yo tengo quien lo haga en Caracas”. Y los de la Rolls Royce vinieron acá a ver quién era esa persona, y al ver su trabajo le dieron autorización exclusiva para hacer la latonería de estos vehículos.

Aparte de hacerle una primera restauración a Los Cerritos, Pedro se constituyó en elemento fundamental para la concreción de los ortogonales, que expusimos aquí en PDVSA La Estancia. Papá no hallaba el medio para representarlos, y resulta que Pedro fue quien se encargó de la parte pictórica; Papá daba la directriz de lo que quería, Pedro los pintaba en su taller durante el día y llevaba las piezas en la noche a la casa. Gracias a ese aporte fue posible completar la serie de 14 octogonales, que constituye la última obra de Papá.

Como dato curioso, puedo decirte que los collages de esa obra fueron hechos en 1950-51. Papá había hecho unas pruebas en cartón piedra y esmalte que no le gustaron mucho; sin embargo los conservó, y bueno, concretar ese proyecto fue de verdad una gran satisfacción para Papá antes de morir.

Hablando de ir y venir… ¿qué era para Otero el movimiento? Pues insistía mucho en la moción como elemento de sus obras –aspas, veletas… me pregunto si Otero tenía en casa  juguetitos móviles, de cuerda…
Yo creo que sentía una gran fascinación por el movimiento en todas sus formas. Me acuerdo de unas esculturas que empezó a hacer en alambre basadas en el principio del funambulismo; uno las golpeaba y empezaban a girar, se tambaleaban mas nunca caían…

¿Le gustaba el circo a Otero?
Le encantaba el circo. Él era muy amigo de (Alexander) Calder de cuando hicieron las obras en la UCV. Papá admiraba mucho su circo y sus móviles.

En lo personal yo noto que, después de la rehabilitación, el Abra Solar se ha integrado al ritmo cotidiano de la ciudad: la gente camina a sus alrededores, lo vive. Recuerdo que en los 80 yo lo veía como algo monumental, pero puesto sólo para ver y ya, un poco ajeno a la ciudadanía… ¿has logrado pulsar la opinión del público sobre su impacto?
He recibido gran receptividad y me han manifestado muchísimo agrado por su rehabilitación. Incluso de personas que nunca las imaginé interesadas en lo artístico. Por supuesto que para lograrlo, PDVSA La Estancia ha invertido tiempo, dinero y esfuerzo en educar al colectivo sobre la importancia de ésta y otras obras como muestra de la influencia que el quehacer artístico venezolano ha tenido en la plástica universal, y del orgullo que debemos sentir porque forman parte de nuestra ciudad.
                                                       

 

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