Nos habíamos hecho el propósito de redactar, de la forma como se estila en estos casos, un discurso. Para ello, durante varios días buscamos a Juan Calzadilla en las lecturas. Sin embargo, no fue sino cuando nos adentramos en la exposición que hoy se presenta, que nos dimos cuenta que nada protocolar podía ser escrito.
Tuvimos la fortuna de encontrarnos en un espacio como éste, a personajes como los que les voy a nombrar. El pintor, que no sólo es premio de artes plásticas, sino también de poesía, para no adelantarles nada; la curadora, Élida Salazar, actual Directora de la Galería de Arte Nacional, cercana alumna seguidora del personaje, por no hablar de sus otras virtudes; el diseñador gráfico; Alejandro Calzadilla, imaginador por esencia de la lúdica en el espacio; nuestra Gerente de Cultura, Luisa Díaz, dedicada, entusiasta y orgullosa de cada pieza colocada, y sus muchachos entregados a la aventura del aprendizaje.
Nada podía compararse con la presencia del Maestro: disfrutando cada detalle, viviendo cada idea, transmitiendo su espíritu en cada palabra pronunciada con sus ojos.
Juan, dibujante, crítico de arte, poeta, periodista, estudiante pero mejor, creador de filosofía, enseñante de historia, de posiciones claras, activo, homenajea a este recinto, con su arte, simbiosis perfecta entre la escritura y el dibujo, entre el movimiento y lo estático. A través de figuras casi siempre humanas, nos muestra la soledad del hombre gregario, la autonomía del ser que pareciera encadenado a las masas impersonales.
Con el movimiento orgánico del gesto, insiste en la secuencia de las figuras, como una travesura que le permite atreverse a llenar el espacio.
Es ésta una exposición sortaria porque el autor, pudo dejar de lado definitivamente a su otro yo, aquel Esteban Muro, para aparecer traslúcido ante el espectador a través de los lienzos, papel o cualquier superficie, y las palabras. Es una exposición donde con el juego, se busca adentrarse en el mundo del espectador, para extraerlo de su cotidianidad. Con ella lograremos entender que la causalidad permite en los tiempos la reunión de lo coincidente: Una casa deja de lado su estilo, para entregarse al concepto, unas letras se desprenden del cuaderno, para plasmarse en dibujos trazados como en cintas de cine, unas palabras saltan a las paredes susurradas con insistencia como para lograr la expresión.
Ayer, el poeta nos decía que para pintar, primero escribía, es por eso que vemos en sus dibujos a los símbolos capaces de transmitir desde una idea amorosa, hasta prosas cargadas de sentido de humor inteligente, queriendo enseñarnos a incluirlo en nuestros espacios vitales. También ayer, nos atrevimos a compartir con él, la poesía de Hildegard, otra poeta, hija de poeta, Juan Manuel Rondón Sotillo, y notamos en su expresión su encuentro con el siguiente relato:
EL ARTESANO
El apremio de la idea
que lucha por adquirir una forma aprehensible
me domina
Cualquier medio es idóneo para expresarla:
una servilleta de papel;
el margen de la sección de avisos clasificados del
periódico
el dorso de la chequera;
la agenda;
una tarjeta de visita
de un nombre a quien no puedo darle un rostro.
Caligrafía menuda
incomprensible,
rápida,
llevada como un trance
por un espíritu letrado.
Allí queda la idea,
como una masa amorfa,
para que venga el artesano
a laborarla.
Tiempo atrás,
yo pensaba que el poema
era la sola idea
y, fue muy tarde,
cuando luchando con la forma
me di cuenta
que había que acudir al artesano.
Hildegard Rondón de Sansó