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Francisco Hung permanencia del trazo y la imagen
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Por: Juan Calzadilla 

Pareciera inútil y hasta absurdo remontarse al contexto del movimiento artístico en que apareció Francisco Hung para hablar de este pintor –cuya obra, vista 45 años después de su revelación- queda sin antecedentes ni continuadores en el arte venezolano. Y sin embargo, la obra de Hung es un genuino producto de la década de los sesenta y, quizás, uno de los momentos más inspirados y sugestivos de este período de gran violencia, durante el cual no se hizo nada importante en materia de arte que no pudiera remitirse inmediatamente a los cuestionamientos que la vanguardia hacía al arte oficial protegido por las políticas y prebendas del sistema.

Tras su exitosa exposición en el Museo de Bellas Artes en 1963 y luego de haber ganado el Premio Nacional a los 27 años de edad, Hung ingresó al pequeño grupo de informalistas latinoamericanos de obligada inclusión en los eventos internacionales. Pero este privilegio no lo hizo más condescendiente ni proclive a aprovecharse de los beneficios del sistema. Por el contrario, lo volvió más intransigente y solitario, al punto de no sentirse por nada tentado a salir del aislamiento en que vivió durante más de treinta años, hasta el día de su muerte, en Maracaibo, ciudad a la que tanto lustre ha dado y que hoy, a través de PDVSA La Estancia, en retribución, le rinde merecido homenaje: en Caracas con la exposición Permanencia de la imagen, la cual presenta la obra figurativa; y, en Maracaibo, se inaugurará una nueva sede del brazo social y cultural de la industria petrolera con la exposición Permanencia del trazo, una excelente muestra. Maracaibo, pagó su noviciado cubista con las obras escolares que, tras improvisada decisión, expusiera en Caracas en la Galería MareMare, dirigida por Miguel Acosta Saignes (1956). Poco después, Hung continuó su trayectoria al instalarse en París, durante un período (1958-1962), que le sirvió para establecer las bases de su lenguaje gestual, mientras observaba la obra de los abstractos-expresionistas e informalistas de moda, por el estilo de Mathieu, Fautrier, Appel, Jorn, Védova, Wols, Schumacher, Tapies, De Kooning, Gutari. ¿De quién más que de sí mismo, pudo haber aprendido? En todo caso, es en Venezuela, al regreso, donde Hung se descubre como audaz investigador de la materia y el espacio. Sus ambiciosos formatos rompen con las formas tradicionalmente reservadas en el Salón Oficial Anual de Arte Venezolano a las obras aceptadas, para imponer aquí una escala inédita hasta entonces en nuestra pintura: el gran formato.

Las obras que realizó entre 1961 y 1963, en Maracaibo, con las cuales se dio a conocer en los salones regionales, son parcas en color, casi monocromáticas, de gruesas texturas, casi en relieve y, obtenidas con colores industriales, hasta presentar formas contrapuestas y libres, resueltas en una estructura de fuertes trazos gráficos sobre fondos rojos, ocres uniformes, mediante un accionar de tipo gestualista parecida a los movimientos de una danza. Concebidas como texturas sensibilizadas en formatos murales, estos cuadros parecían formados por un torbellino de signos, a manera de campos girantes, de aspas giratorias, inscritas en el espacio que al cerrarse generan círculos y llegaron a semejar extrañas máquinas suspendidas en el cielo.

No tardarán en producirse fracturas y cortes, en oposición a ese espacio tenso y antagónico en el que eclosiona la densa carga gestual de los signos. La frenética serie de las Máquinas voladoras le proporciona a Hung repentina y suprema notoriedad. Consecuencia: obtiene el Premio Nacional de Pintura de Caracas; la Mención Honorífica en la Bienal de París; el Premio de Adquisición “Isai Leirner”, en la VIII Bienal de Sao Paulo; el Primer Premio del Salón D`Empaire, todo entre l963 y 1965. En l963 efectuó una convincente exposición del Museo de Bellas Artes, muestra significativa que se hizo de toda su trayectoria,  hasta 1985, año en que fue presentada en la Fundación Museo Alejandro Otero, en La Rinconada, Caracas, su retrospectiva conocida como Estímulo al poder. Otra exposición, Naturaleza y Gesto en PDVSA La Estancia Maracaibo Lía Bermúdez, en 1998, una retrospectiva que logró mostrar sus obras de trazos, de gran vitalidad. Las Máquinas voladoras contenían potencialmente todos los elementos, técnica y formalmente hablando, de las Materias flotantes, que constituyen la segunda y última faceta de su obra.

Los cuadros de esta última serie, y en especial los del período heroico de los sesenta, constituyen el núcleo básico, digamos que crucial, de la pintura de Hung y, a partir de ellos, se exteriorizará generosamente su universo gestual de los años siguientes. Versión personal de lo que conocimos como action painting, aunque prefiramos para definir su obra el término pintura de acción. Decimos “versión personal”, porque en Hung no es reconocible la influencia de maestro alguno ni adscripción visible a tendencia o movimiento que lo hubiera podido inspirar o que le hubiese servido de punto de partida, de modo directo o indirectamente a través de una escuela, taller, o movimiento como no sea el que él mismo creó. Sería difícil establecer la filiación de Hung respecto a estilos de la época. Por la misma razón que dificulta adscribir su pintura a una tendencia determinada, es casi imposible reducirlo a un grupo o movimiento más allá de las afinidades en procedimientos y concepto comunes a una época, a despecho de la intención de insertarlo en el informalismo venezolano. Hung es ese individualista que, por instinto, a su regreso de Europa, no tardará en aislarse en Maracaibo, permaneciendo aparte, hasta su muerte ocurrida en 2001, en la isla que ha hecho del palafito de concreto que le sirvió de taller, a modo de amplio laberinto coronado por una torre invisible. Lejos de ocultarla, este habitat material que en una urbanización de Maracaibo, confirmaron el excentricismo de los procedimientos heteróclitos que empleó, incluido cierto gusto del espectáculo la danza. Desacralizar los materiales nobles, introduciendo en la ejecución abigarradas mezclas de ingredientes industriales con el acrílico convencional, fue uno de sus gestos menos dogmáticos y más liberadores con los que estamos en deuda en la pintura de Hung.

Obra ejecutada sobre la marcha, como un proyecto de ella misma que se resuelve vigorosamente, hasta agotarse, en el acto de realizarla. Y para la cual el método más común que Hung empleó fue transcribir al lienzo impulsos automáticos de naturaleza psíquica; es decir, sin relación con objetos o formas de la realidad ni tomados de la observación del natural. Con este método hace del cuadro un espacio autónomo, dinámicamente virtual, en el que la significación de la pintura consiste en su vitalidad misma. El vigor de esta obra se manifiesta por la fuerza del impulso que lo genera y por la intensidad con que interaccionan en la superficie del cuadro signo y materia. Si bien es un pintor espacialista, para Hung el problema de componer un cuadro no estriba en la organización que dio a los materiales conforme a un principio de armonía o subordinación de los valores, por el cual una forma dominante está llamada a sobresalir de un fondo en profundidad. La perspectiva no interesa aquí más que como espacio virtual de los colores en extensión, a modo de pantalla sobre la cual se desencadena, en un primer plano, la presentación de un conflicto en tensiones gestuales.

El contenido de la pintura de Hung corresponde menos al mundo de su propia subjetividad que al de una visión cósmica que él propuso a nivel de una experiencia visionaria. Se diría que es una pintura abstracta sólo por el método y por la apariencia externa de las formas, pero no por la potencia interna de su impulso imaginario, pues Hung es en alto grado un realista –un realista de las circunstancias imprevisibles- en que se presenta un mundo nuevo en marcha, cuya revelación corresponde por igual al arte y a la ciencia.

Pintura y escritura
En un sentido general, la pintura de Hung está estrechamente vinculada a los caracteres ideográficos de la escritura china que él aprendió a usar en su infancia en esa nación asiática, donde nació en 1937, de padre chino y madre maracucha. Lo gestual en su caso puede entenderse como una ampliación a escala de la pulsión con que se escribe a mano. Y aunque al libertarse de la función semántica de la caligrafía, el trazo de Hung se hace autónomo, sin relación con la escritura; también como en éste, el trazo dibujístico adquiere la velocidad y la rapidez de las formas de la caligrafía que lo inspira. Sin ese componente oriental, de naturaleza genética, del cual procede mayormente el carácter de su dibujo, no podrían explicarse en él unas relaciones siempre constantes de pintura y caligrafía.

Así como no podría dejar de aplicarse al uso del color una consideración referida a lo que, también por vía involuntaria, Hung toma del contexto urbano, especialmente del color y las formas de la arquitectura popular de Maracaibo. Para Hung la pintura es ante todo acontecimiento cromático librado a fuerza de atracción y rechazo: desenvolvimiento dialéctico del cual la obra es una síntesis que absorbe y anula las contradicciones entre signo y materia.

El gestualismo responde en esta obra a un procedimiento automático cuyo impulso, para verificarse, escapa al control de la razón. El surrealismo le ha dado a este procedimiento el nombre de “automatismo psíquico”, el cual remite, según André Breton, a los sistemas de formulación del pensamiento inconsciente. En Hung la escritura automática visualiza el dictado del inconsciente como gestualización. Georges Mathieu, el pintor francés creador de la pintura-espectáculo, define el automatismo como un procedimiento que rige casi la totalidad de la duración del acto de pintar: las nociones de premeditación y de referencia a un modo, a una forma, a un gesto ya utilizado, están definitivamente abolidas. Por primera vez en Occidente (y en Venezuela con Hung) la rapidez de ejecución se ha hecho completamente lícita.

Las claves de la figuración
Hung puede ser considerado en última instancia como un pintor abstracto-expresionista. Sin embargo, en buena medida ha hecho también obra figurativa, aunque este aspecto de su trabajo no ha sido mostrado con regularidad en exposiciones y eventos. La tendencia figurativa en su quehacer pictórico se reinició en 1971 con una serie de autorretratos expuesta en la Galería Toulouse Lautrec, en Maracaibo. Propuesta de origen gestualista, en la cual los rostros que el artista se proporciona salen de una incisiva trama de signos que acusa más la intención de caricaturizar al sujeto que de describirlo de manera realista. Después de esto, Hung siguió haciendo, sistemáticamente, obra figurativa, ya para autorretratarse, ya para ocuparse de las personas de su entorno y especialmente del universo familiar, revelado todo esto a través de un estilo intimista, enormemente sinóptico y diverso en motivaciones, técnicas y materiales sobre soportes de papel o sobre tela.
 
La exposición de 1971, reseñada por el crítico Hugo Figueroa Brett, fue el punto de partida de las numerosas interpretaciones que se ha dado al tema del autorretrato. La diversidad de este tratamiento se corresponde en materia de técnica con las múltiples variaciones que sabe imprimir al tema intimista, siempre con toques de humor y lucidez.  En general puede decirse que la temática figurativa es realizada empleando una manera más racional y, si se quiere, constructiva que la utilizada por Hung para su pintura de acción, por lo que se puede hablar temáticamente de dos facetas a veces contrapuestas o sin relación entre sí, pero a las cuales la impronta caligráfica del pintor les imprime una misma marca de identidad, un estilo. El nexo común en ambas expresiones es el espacio, bien porque se lo someta a las reglas de una arquitectura libre, bien porque se conciba como espacio topológico dentro del cual lo que acontece es la pintura misma (Materias flotantes).
 
La concepción figurativa de Francisco Hung, es, a despecho del poco interés que le ha prestado la crítica, muy importante, pero es también la propuesta menos estudiada en su trayectoria y Hung mismo le dio escasa importancia. De la misma forma que prestó poco interés al trabajo figurativo de sus años de formación en la escuela, período revelador del que se conservan pocos testimonios materiales.
 
Con sus trabajos figurativos sucede lo que con casi toda su obra de los años ochenta y noventa: tampoco llegan a constituir una etapa articulada dentro de una secuencia cronológica y mucho menos un período determinado de su trabajo general; Hung hizo figuración a lo largo de toda su carrera, desde el momento mismo en que entró a estudiar en la Escuela de Artes Plásticas “Julio Arraga”, de Maracaibo, y la continuó haciendo, sin interrupción. Lo que quiere decir que su obra caligráfica no estuvo sujeta a cambios o rupturas desde el momento en que retomó la figuración en 1971, dentro de ese estilo intimista, híbrido de dibujo y pintura y, en todo caso, resuelto con gran libertad. El dibujo representa una visión condensada del espacio que, siguiendo con el tema del núcleo familiar, alcanza su mayor grado de inteligencia en la serie que presenta la exposición Hung, lo más íntimo (Galería Díaz Manzini, Caracas, 1991), misma que hizo decir  a su organizador, Domingo Álvarez: “el Chino está pintando mejor, y además como un gran maestro”.

Lo que no conocíamos de Francisco Hung
La sede central de PDVSA La Estancia, en la exposición que le consagra con el título de Permanencia de la imagen, ha reunido parte importante de la producción figurativa de Francisco Hung que quedó en la vivienda del pintor tras su muerte ocurrida en 2001. Hay que decir al respecto que el éxito de su obra abstracto-gestual, respaldada por el fervor del coleccionismo y en la cual estribaba su prestigio y su fortuna crítica, le restó interés a nuestro pintor por dedicar mayor tiempo a una obra figurativa de la que sólo se ocupaba a ratos, en los momentos que le dejaba libre la elaboración de su pintura abstracta, en un ambiente íntimo, mientras disfrutaba de la compañía de sus seres queridos, haciendo de éstos, en el propio hogar, los modelos principales de sus obras.
 
No tenemos idea de la significación que dio Hung a su trabajo figurativo y si tuvo conciencia de la singular calidad que esta obra ofrece más allá del deseo del pintor de conservarla para sí mismo, colgada en los muros de su  residencia de Maracaibo. Sin duda que representó, en su fuero íntimo, un ejercicio de tal libertad de ejecución y rigor que no podía resultar menos  fascinante para él mismo que el gestualismo a que se entregaba a fondo cuando ejecutaba sus grandes pinturas abstractas. 

La vibración y movilidad del trazo, la facilidad y destreza con que se desenvuelve en el espacio de la tela para resaltar los rasgos esenciales del modelo, ya porque se siga por éste o porque lo imagine, guardan absoluta correspondencia con el espíritu de su obra de dibujante y colorista excepcional, y no encontramos razón para desmerecerla cuando la enfrentamos a su obra considerada mayor. Fascinado por la acción de pintar, podemos decir que su producción figurativa, lejos de apartarlo del lenguaje gestual, constituye una manifestación de éste y una vertiente del todo complementaria  y coherente con toda su trayectoria de pintor. 

Y esta obra quizás hubiera podido contribuir a proporcionarle tanto éxito como el que obtuvo con la serie Materias flotantes, de los años 60 y 70, en un momento, al final de su vida, en que, extenuando el gestualismo, su obra abstracta parecía agotarse entre la pasión de pintar y aquellos que deseaban poseer una de él.

Estas creaciones en formatos regulares, reunidas hoy en la exposición de PDVSA La Estancia en Caracas, se habían expuesto poco hasta hoy, y revelan la seguridad y fuerza con que Hung podía orientar la caligrafía de su  trazo hacia uno u otro registro, sea temático, como en el caso de las obras expuestas, o gestual, dependiendo de la motivación y el momento. El factor común de su obra, cuando ataca ambos registros, es la espontaneidad de la línea y la percepción del espacio como una superficie plana resuelta con un color homogéneamente extendido, sobre el cual la línea, acusando los volúmenes, adquiere gran movimiento y gracia para construir, de  un tirón, las imágenes. Como en Henri Matisse, a quien admiraba, Hung abordó preferentemente la figura femenina enfocada en un espacio doméstico, relajada y despojada de accidentes o detalles, hasta alcanzar, en alguna de sus obras, un grado admirable de pureza en la relación espacio-figura, tal como se aprecia en la obra de Matisse. Pero son muchas las afinidades de Hung con los maestros de la pintura moderna. Resaltemos aquí el hecho de que es el carácter caligráfico de su lenguaje lo que infunde propiedad genuinamente singular a su genio pictórico, en cualquier tema que eligiera para expresarse.

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